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EL VALOR DE PERTENECER


 
Cuando analizamos el carácter de nuestras aspiraciones caemos en un lugar común: “todo para mi; nada para ellos”. Es como si el egoísmo se hubiese entronizado en nuestra sociedad como el dios a quien todos le rendimos culto para poder sentirnos mejor, para conquistar nuestros anhelos y de esta manera poder progresar.

Pero, ¿cuál es el resultado verdadero de esta manera de pensar? Hace pocos días acompañé a un amigo mío que tiene por costumbre salir exactamente a las cinco de la tarde de su trabajo; ni un minuto antes ni después: aquella tarde, al igual que lo hace siempre mi amigo se sienta al timón de su carro y deprime con todas sus fuerzas el acelerador; se cruza por entre los otros autos; pita con insistencia; grita al lento del lado; se le cierra al que puede; se sube a los andenes; discute con los peatones y en fin, hace todo lo que a su alcance esté para no bajar su personal y famosa marca de llegar desde el trabajo a su casa en diez y seis minutos. Juzgué que aquel energúmeno hombre que se convertía a las cinco de la tarde en terror de calles y avenidas tenía un gran compromiso en su casa: alguien lo esperaba, o le llegaría una vital llamada del exterior, o al menos, debería recoger a sus hijos que llegaban del colegio. Pero no; mi amigo subió como bólido a su alcoba y en cuestión de minutos lo vi de nuevo en la sala empiyamado y en pantuflas diciéndome: “no hay nada mejor que llegar a casita a descansar de un día de tensiones en esta Bogotá que se ha vuelto invivible”.
 
Ante esta vivencia y otras perlas similares que de seguro usted conoce, vale la pena reflexionar:¿cómo podemos hacer más grata nuestra vida en la ciudad? ¿De qué manera podemos contribuir a que nosotros, nuestras familias y nuestros seres queridos tengan una calidad de vida mejor en esta ciudad? He aquí un pequeño conjunto de ideas que pueden lograr con facilidad este objetivo:
 
Piense en los derechos de los demás, así como piensa en los suyos. Antes de parquear su carro bloqueando el garaje vecino; o de dejar el recuerdito de su perro en el jardín ajeno; o de cruzarse desde el tercer carril para doblar la esquina haciendo que los demás tengan que esperar a que usted termine la pirueta; o de ponerse a charlar animadamente de carro a carro con sus amigos mientras  los demás ven bloqueada la vía mientras ustedes terminan; o de introducir la quinta moneda en el teléfono público sin importarle las ocho personas que esperan turno para usar el aparato. En fin, antes de actuar de manera tan centrada en usted mismo, piense por un momento cómo se sentiría usted si fuese la víctima de uno de estos despropósitos.
 

Disfrute del placer de ceder con cortesía. Tengo una teoría que cada vez que la pruebo se acerca a convertirse en ley: la palanca de la luz direccional de mi carro está conectada al acelerador de los otros autos que viajan a mi lado y detrás. Intente hacerlo: ponga la luz direccional e inmediatamente el carro que viene detrás suyo acelera para no dejarle cruzar o por lo menos, pasar primero. Trate de cruzar en cualquier esquina y verá cómo en esta ciudad donde se rompen todas las reglas de las demás urbes del mundo, usted deberá esperar a que volteen todos los carros y luego, si el tiempo del semáforo lo permite, los peatones podrán cruzar. Pero intente cambiar y verá qué sensación más agradable: ceda el paso al del lado; ayude al débil a cruzar la calle; colabore con la dama que se baja del bus; proteja a los niños de los peligros de la calle; haga de la cortesía su modo de vida. Pruébelo; la sensación es maravillosa.

Disfrute el placer de participar. Para sentirse parte de su comunidad no es necesario esperar la gran tragedia, o el terremoto para condolerse. Todos los días hay ocasiones felices para podernos sentirse parte de nuestra colectividad: colaborar con los vecinos a arreglar nuestro parquecito para que los niños puedan jugar sin peligro; arreglar y limpiar el andén de nuestra casa para que los transeúntes no tengan problemas; embellecer el frente de nuestras casas y edificios para disfrutar de una vista agradable; participar activamente para que la obra social de su iglesia tenga éxito; contribuir a mejorar la seguridad de nuestro barrio. Piense: ¿de las ciento sesenta y ocho horas que tiene una semana cuántas dedicó a tomar parte activa de su comunidad?
 
Aporte soluciones. Ponga a bullir su creatividad para encontrar la solución a los problemas cotidianos. Comprométase con los cambios que se deben dar en su trabajo, en su casa, en su organización. Si su idea es buena, haga todo lo posible porque sea conocida y realizada.
 
Capacítese para mejorar. Invertir tiempo, esfuerzo y dinero en aprender es la llave de la puerta que nos conduce hacia un mejor futuro. Usualmente, cuando organizamos seminarios de capacitación para empresarios, debemos hacer una gran labor para conseguir que el auditorio se llene. Esta es una de las muchas oportunidades que usted tiene y debe aprovechar para hacer mejor las cosas, para liderar el cambio y hacer una ciudad mejor.
 

Funcione por principios personales, no sólo por temor a la ley. Todos queremos tener éxito, tener una vida segura y feliz; queremos que nuestros negocios triunfen, que nuestros hijos sean mejores, que poseamos riqueza, salud, amor y felicidad. Nuestras acciones deberían encaminarse a facilitar el logro de estos objetivos para todas las personas. Sea respetuoso de las leyes grandes y pequeñas, no por el miedo a la sanción sino por el valor que dichas leyes encarnan para facilitarnos la vida en comunidad.
 
Pertenezca. Amplíe su radio de acción personal y participe con sus aportes e ideas en su comunidad de vecinos, en la Junta de Acción Comunal, en la Asociación de Padres de Familia, en la Federación de Comerciantes y en todos aquellos ámbitos a su alcance en donde pueda usted contribuir a que podamos vivir mejor para entregarles a nuestros hijos una ciudad y un país en donde dé gusto vivir, crecer y mejorar.

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